El protocolo IPv4 llega a su fin

Escrito por Adrián Crespo
Banda Ancha
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Después de 30 años acompañándonos, el protocolo IPv4 toca a su fin y pronto tendrá que dejar paso a su sucesor, IPv6. A pesar de que el protocolo fue diseñado para dar cabida a una gran cantidad de ordenadores y que estos fuesen capaces de comunicarse los unos con los otros, el aumento de equipos conectados a internet a provocado que durante los últimos años el número de direcciones que se usen haya crecido de forma exponencial, acortando de forma notoria la vida de este protocolo.

Estaba destinado a dar servicio a 4.000 millones de equipos. Sin embargo, el número de direcciones disponibles ya se ha acabado y según informan desde el Centro de Coordinación de redes IP europeas, la semana pasada se ha habilitado el último bloque de 16,8 millones de direcciones.

Desde el Centro de Coordinación afirman que cuando en 1981 se creó, no se creía que la capacidad llegase a ser un problema a medio plazo.

 Axel Pawlik, director del Centro, afirma que las limitaciones del espacio comenzaron a hacerse evidentes a medida que pasaban los años, y afirma que durante los últimos años ya se han visto obligados monitorizar los suministros y han tenido que comenzar a prepararse tanto ellos como a los consumidores para la siguiente etapa que esta muy próxima.

IPv6, más de 340 trillones de direcciones

Pawlik afirma que a día de hoy, más de la mitad de lo miembros que actualmente tienen una dirección IPv4, ya tienen asignada una dirección IPv6, pero admite que aún queda un largo camino para que todo esté a punto para que pueda realizarse el cambio al nuevo modelo. Añade que todo está siguiendo el curso correcto y que el cambio se podrá hacer con total garantías.

Urge la puesta en funcionamiento

Las grandes compañías fabricantes de dispositivos electrónicos están preocupadas por la llegada tardía de este nuevo protocolo y que se pueda llegar a ralentizar la venta de teléfonos inteligentes o tabletas, dispositivos que a día de hoy, conectan a más usuarios a internet de los que nos podemos imaginar.

Fuente | El Economista


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